Juliana lleva durmiendo casi siete horas y no parece dispuesta a despertar aún. Me hago a un lado para tomar una bocanada de aire y me sepulto de nuevo entre sus tetas, que son las más grandes que haya podido tocar en mi casi inexistente vida sexual. Tener mi rostro perdido entre la tibieza de esos pechos es casi como haber rellenado mi cerebro con ansiolíticos y vino. Su epidermis pectoral posee un olor a perfume caro mezclado con sudor que me mantiene en una erección perpetua. De hecho, la he penetrado cuatro veces más, luego de que se hubiera dormido y la calidez de su interior sólo me ha confirmado que sería la mujer perfecta, de no ser tan estúpida y tan fea. ¡Es que es demasiado tonta! Lo sabemos todos. Claro, menos ella. Y no es que sea ignorante o superficial, pues ha leído mucho más que casi todos los que conozco y no es extraño verla inmersa en feroces discusiones políticas. Sólo que su cerebro funciona como una esponja:
Absorbe todo el conocimiento posible y lo expulsa verbalmente sin siquiera digerirlo, repite las frases de manera exacta a como las ha leído. Se apropia con vehemencia de conceptos ajenos y no tiene más que bibliografía para defenderlos.Con respecto a su belleza, debo decir que es el depósito artesanal de un par de tetas de alta tecnología. Todo en ella parece un poco fuera de lugar -demasiado asimétrico quizás-. Todos sus genes parecen haberse concentrado en crear el par de recipientes mamarios más perfectos en la historia de la humanidad, y -por ello- no han podido resistir el titánico esfuerzo de crear -además- un rostro con cierta regularidad en sus formas.

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